jueves, 21 de octubre de 2010

CUENTO PARA PADRES: El ratoncito Perez




Papá Noel, Los Reyes Magos, El Ratón Pérez...¿Es bueno crear esa ilusión en los niños?¿Cuándo contarles la verdad? Los niños tienen derecho a creer en esa magia hasta que llega un día que comienzan a razonar y preguntar...
Este cuento de Elaine Decker puede servirnos para la reflexión y el debate:



Sostuvo la pequeña almohada de paño rojo y señaló su bolsillo, que tenía una moneda de veinticinco centavos, en lugar de un diente.

- ¡Mira mamá! Mira lo que me trajo el ratoncito Pérez. ¡Veinticinco centavos! Compartí su entusiasmo y hablamos por unos minutos sobre como utilizaría su nueva riqueza. Regresé a mis tareas en la cocina, y él se quedó en silencio, pensativo.

-Mamá -dudó-, ¿hay de verdad un ratoncito Pérez, o fuiste tú la que puso este dinero en mi almohada y te llevaste el diente?

Por supuesto, sabía que tendría que responder a éstas preguntas, pero a pesar de los siete años de preparación, en realidad no había pensado en una respuesta adecuada.

Traté de ganar tiempo preguntando: - ¿Qué piensas tú, Simón?
-Puede ser cualquiera de las dos cosas -razonó-. Parece como algo que tú harías, pero sé que algunas cosas son mágicas también.

- ¿Qué te gustaría pensar? -continué, sin saber si iba a romperle el corazón o no. - En realidad no importa - dijo con seguridad-. Me gusta de las dos formas .Si hay un ratoncito Pérez, eso es emocionante, y si eres tú, también es bastante lindo.
Saqué la conclusión de que no generaría ninguna decepción con mi respuesta, de modo que confesé que era la benefactora y él sonrió satisfecho.
Luego le advertí que no dijera nada a su hermano menor.
Le expliqué: -Todos los niños tienen derecho a creer en la magia hasta que están listos para hacer la pregunta que hiciste hoy.
¿Lo entiendes? - Sí -dijo asintiendo. Estaba orgulloso del papel de hermano mayor, y supe que nunca arruinaría nada intencionalmente. Consideré el asunto terminado, pero él seguía dando vueltas en la cocina.

- ¿Hay algo más Simón? -le pregunté.
- Una sola pregunta, mamá. ¿Papá lo sabe?